Escaleras

Tras la desintegración del Imperio romano, la intensidad del tráfico marítimo se redujo de forma muy considerable y la Torre fue perdiendo el protagonismo que había tenido como señal marítima hasta quedar relegada a una torre de vigilancia o a una atalaya privilegiada desde la que se dominaba el Golfo Ártabro. Las grandes flotas que antaño recorrían las costas de la Gallaecia camino de Britania desaparecieron y con ellas enmudeció la luz del faro que dejó de iluminar el perfil de los acantilados del noroeste peninsular.

Fue una época de olvido y de abandono, durante la cual el faro se fue deteriorando gravemente y la rampa exterior que rodeaba el núcleo central y permitía el acceso a la linterna, así como las cuatro fachadas exteriores que la protegían, se arruinaron. Los vientos, el salitre y las lluvias que afectan a esta zona durante los temporales del invierno debieron ir minando los morteros de los muros, pero también la acción del hombre fue determinante porque durante esta época la Torre se convirtió en la cantera de la ciudad y sus sillares fueron extraídos uno a uno por los habitantes de la zona para ser reutilizados en la construcción de los nuevos edificios que se estaban levantando por entonces en la ciudad.

La destrucción de la rampa helicoidal ascendente que recorría el exterior de la Torre de Hércules, de la que apenas quedaban restos a la altura del siglo XIV, significó la desaparición de la única vía de acceso a la parte superior de la construcción y a las diferentes cámaras que se localizan en su alzado.

Cuando la Torre recuperó su función como señal marítima, fue necesario habilitar un sistema para acceder a la parte alta que permitiera alimentar el faro. La solución adoptada fue la construcción de una escalera interior que comunicara la base de la Torre con la linterna, aunque para ello hubiera que horadar algunas de las bóvedas de factura romana.

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